Shigisan o monte Shigi, es un monte que alberga un complejo de templos escondido y aún muy poco explorado por el turismo.
Aquí, en las montañas de Nara, el silencio y la naturaleza son los protagonistas.
Descubrí este mágico lugar cuando unas compañeras y yo buscábamos un entorno donde realizar el primer retiro de yoga y budismo en Japón, para uno de mis viajes en grupo de 2025. Tanto la elección del destino como las fechas (finales de noviembre) no pudieron ser más acertadas, pues la montaña nos regaló unos colores de otoño espectaculares.
Al igual que Koyasan (el monte Koya), el complejo de templos que alberga Shigisan pertenecen a la rama budista Shingon, fundada por Kūkai. Con la diferencia de que en Koyasan te encontrarás con muchísima más gente.
Al no ser tampoco un gran complejo, sus alrededores son muy fáciles de explorar y supone un destino perfecto si buscas unos momentos de silencio, calma y recogimiento.
Aquí la espiritualidad se vive como parte natural del entorno, sin grandes ornamentos ni grandiosidad.
Los templos se integran con la montaña; las escaleras de piedra se adaptan al relieve y las miles de linternas iluminan suavemente los caminos al caer la tarde.
Una de las cosas que más sorprende de Shigisan es cómo los templos se distribuyen a distintos niveles, conectados por caminos que suben y bajan en armonía con la montaña.
Ese movimiento pausado, ese ritmo natural, invita a observar más, a escuchar más, a moverse de otra forma.
La madera gastada por el tiempo, el aroma suave del incienso, las campanas que resuenan a lo lejos… cada detalle construye una atmósfera que invita al recogimiento.
No hace falta hacer grandes esfuerzos para sentirlo: simplemente sucede.
Pasear entre los salones principales, los pabellones secundarios y los rincones escondidos del monte es una experiencia que combina espiritualidad y naturaleza en equilibrio.
Es un Japón más íntimo, más cercano, donde cada paso parece tener un eco silencioso.
Si algo distingue a Shigisan es la sensación de estar en un lugar que conserva su esencia sin alterarse por las visitas.
No hay prisas, ni multitudes, ni esa sensación de “lugar famoso” que a veces rompe la magia de los espacios sagrados.
Aquí todo ocurre con un ritmo propio, casi doméstico, como si la montaña siguiera respirando igual que hace siglos.
Esa intimidad hace que la conexión con el entorno sea más directa.
El monte te acompaña sin imponerse; la espiritualidad se vive sin esfuerzo; la calma aparece de forma natural.
Es un sitio donde uno puede caminar, detenerse, observar… y sentir que cada momento tiene su propio lugar.
Shigisan no es un destino que se recorra deprisa.
Es un refugio.
Un espacio donde la tranquilidad no se busca: se encuentra.
Si te gustaría descubrir la espiritualidad japonesa desde la autenticidad y la serenidad, Shigisan es uno de esos lugares que se llevan adentro.
No porque deslumbre, sino porque acompaña con suavidad.
Y, cuando un lugar acompaña así, deja una huella que permanece.
¿Te gustaría vivir una experiencia como la nuestra durante tu viaje por Japón?
Arigatō Gozaimasu por leerme y hasta la próxima! ¡Matane!